martes, 15 de septiembre de 2009

Asi se vive en Venezuela ,ya no se asombra nadie!!!!


Asi esta Venezuela para lo que en otros paises es noticia y de pagina de archivo criminal para muchos es uno mas de los sucesos del dia .
Ayer dia del cumpleanos de mi marido ,este recibe de mi querida comadre el siguiente mensaje de felicitacion:
"Feliz feliz feliz cumpleaños mi compadre querido no te había felicitado por qué pase todo el día secuestrada en un atraco en el banco venezolano de crédito de los palos grandes un atraco feo pero ya estoy bien! Te deseo mucha salud! Y éxitos"

A continuacion para aquellos que quieren conocer los detalles de la tarde de mi comadre que la imposobilito de desear temprano a su compadre la felicitacion por su cumpleanos,les copio la cronica que su hijo coloco en su blog.

Wisteria Lane, Caracas


Toto Aguerrevere
http://totoaguerrev ere.blogspot. com

Sólo un típico día en Wisteria Lane. Donde las amenazas de truenos siempre son las últimas en llegar, aún cuando el temor de un futuro temblor termine por arrancar a las lámparas de sus zócalos. Algún transeúnte perdido pide direcciones, el jardinero de la esquina lava la calle con manguera. Mientras llego a mi casa, Josefa chismea con la Josefa de al lado. Mi madre cornetea en el carro mientras me ve pasar caminando con una canilla y el periódico bajo el brazo, haciendo señas que va para el banco a hacer un deposito de último minuto. Un saludo digno de “Leave it to Beaver” de mi parte la despide. Entro a mi casa a servirme una Coca Cola. Ahhhh, el capitalismo puede apestar pero sabe rico. Una tarde más de música placentera, abriendo un documento nuevo para escribir alguna peripecia mundana ya olvidada. Todo en orden. Todo en paz. Tirémosle dos que tres cristofué en la ventana para ponerlo un poco más cursi. Interrupción del maldito/bendito Blackberry. Una estrellita roja indica mensaje. Odio que me interrumpan mientras escribo.


“¡Secuestrada en el banco! Estamos negociando. Estoy bien. 2 hombres con pistolas” es la lectura del mensaje. Atrás queda John Cougar Mellencamp cantando “Small Town” a todo volumen, la página en blanco, y una Coca Cola que terminará por volverse agua dulce a final de la tarde. Ahora sólo quedan los nervios: mi mamá está de rehén en un banco y no sé porque demonios sacó el celular para contármelo. Le mando códigos Morse: ¿Policía? ¿Refuerzos? ¿Me las tiro de Indiana Jones? “Llama a tu papá y dile que no le pude llevar la carta de referencia” es la respuesta. OK, o esto es Código Swahili para indicar que tengo que llamar hasta al mismísimo Señor Presidente para que descienda con Oliver Stone a filmar el final de lo que ha debido ser su documental o mi mamá seguro ya se cotorreó a los secuestradores y se ha convertido en una Patty Hearst que se disfraza de Jane Smith para mantener las apariencias con mi padre. ¡Demonios mujer, esto es de película! ¿Qué hago?


Decido bajar caminando hacia el banco. Por alguna razón todos los accidentes que ocurren en mi casa pasan en la misma calle. Mejor, no entrar en ello. “Ya llegó la policía” es el próximo mensaje en llegar. Yo le mando mensajes de Gurú para que se tranquilice, mi propia versión de Deepak Chopra para prisioneros. Al llegar, ya un ladrón se ha ido. Queda otro adentro. “Estamos negociando para abrirle la puerta. La gente está muy asustada.” Con la maraña de policías en frente, el segundo ladrón logra que le abran una puerta trasera y huye por la izquierda. “Estamos bien pero la gente está muy asustada. No nos dejan salir porque hay que esperar por la seguridad.” Larga espera. Me cuenta que empiezan a salir las drogas. Rivotril para una esquizofrénica, aspirina para una viuda, un Astor Azul que ella prendió sin ninguna vergüenza.



En la espera, sentado en la esquina veo a una cabeza asomarse por el ventanal. De repente me percato que es mi mamá saludando de la misma manera como Richard Nixon se despidió de los estadounidenses cuando renunció a la presidencia. Alivio. Llega la seguridad bancaria y el CICPC. No los dejan salir porque hay que rendir declaraciones. Vienen los cuentos por mensajes. El chisme crimini es el siguiente: Un señor entró con un periódico enrollado en la mano y lo puso en la puerta para que no se trancase. En el mismo momento en que lo hace, otro señor en la cola grita “Ya”. Éste salta por encima de los cajeros y comienza a apuntar con pistolas dignas de guerra para que abran las cajas (redobladas de dinero por ser quincena) mientras el otro apunta a mi mamá. Quieta.


Con saco en mano y varios millones, el primero huye. El otro se queda adentro tratando de ver como hace para escapar. Abajo en un sótano pide a una clienta que actúe de rehén. Le lanzan un sendo “como nié” calladito en la cabeza, lo que en términos reales se traduce en “silencio”. Un cajero se ofrece a bajar y así abrirle una puerta. A sabiendas que por ese acto puede morir y está traicionando al banco pues con esa apertura se va todo el dinero de los demás. Pero también sabiendo que con eso, está previniendo una balacera mal dada entre un gorrión (¿o gorilón?) enjaulado y algún enfrentamiento policial digno de Locademia de Policía. Esos, sabemos por Domingo Millonario en Venevisión y los sucesos de El Universal, siempre terminan mal.


Esos son los mensajes que me llegan mientras yo espero pacientemente en otra esquina tomándome una Coca Cola. Como si esperase que mi madre saliese del dentista o de la peluquería. Cinco horas después, con los dedos tatuados de negro y una citación para declarar como testigo, emerge triunfante del banco. Luego de haber ayudado a alguien que se desmayó y de enterarse, por mensajito, que a un primo secuestrado en una finca desde hace cinco meses lo liberaron hoy. La miseria se celebra. Total, el secuestro en Venezuela es como ir a McDonald’s. Está ahí, a pata e’mingo y es más común que una travesti en la Avenida Libertador.


Otro día más en Wisteria Lane. Ni el connato de lluvia se atrevió a abalanzarse sobre tan risueña tarde. Me resultó cómico ver desde mi esquina de observatorio Cajigal, mientras esperaba por mi P.R. (lamentablemente no “Padre/Representante” sino “Progenitora/ Rehén) como la vida continuó su camino para aquellos que ignoraban lo que adentro del banco ocurría. De un lado, unos quince plagiados rindiendo declaraciones. Del otro, más de cincuenta personas a cuenta gotas, bajándose de sus carros para sacar dinero del cajero. Sin sospechar siquiera que de haber llegado tres horas antes y decidido conformar algún cheque, su día “de mierda” como seguramente estarían pensando en sus cabezas sentados en el tráfico, verdaderamente sería una plasta.



Sincerémonos. La gente no se va de Venezuela porque le parece intolerable la situación política. La gente se va de Venezuela porque no hay whisky ni Rivotril que dé contra los nervios que produce la inseguridad de vivir en una zona como Wisteria Lane. A fin de cuentas ¿cuántos de nosotros hemos visto al Señor Presidente en persona? ¿10? ¿50? Cien a lo mucho. ¿Cuántos hemos visto a los ojos a algún matón? ¿500? ¿5000? Con que ya haya una sola persona que lo haya visto, que haya sentido el gélido abrazo de una pistola, que haya esperado por su mamá a las afueras de un banco, que esté rezando porque les llegue alguna señal de vida de alguien que salió de su trabajo y no volvió, ya es demasiado. Ese, es el precio que pagamos por vivir en un gueto al que nos gusta llamar Wisteria Lane.-



Toto Aguerrevere

http://totoaguerrev ere.blogspot. com



__._,_.___

1 comentario:

lorena dijo...

Querida Nelly: Sinceramente estoy helada con lo que acabo de leer.
Yo no podia creer lo que te paso a ti en la cola de la autopista, pero esta cronica es lo peor de lo creible e increible que viven nuestros venezolanos dentro de nuestro amado pais.
Lo unico que me queda de verdad es como dicen en el llano: "quitarme el sombrero" porq lo que pasa alli adentro no es broma, hay que ser bien valiente para soportar tanta violencia.
Bueno seguiremos rezando por nuestros familiares,amigos,colegas,doctores,maestros,niños y para usted de contar...Queridos Venezolanos que heroicamente sobreviven cada dia y cada noche.
Muchos cariños a todos.

Lorena Godoy

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